La máquina y la verdad

Mi madre cosía en casa, y se pasaba el día atrincherada detrás de la máquina de coser. La recuerdo siempre atenta a la costura, parando sólo cuando el dolor de espalda se le hacía insoportable; entonces se estiraba y miraba durante unos minutos por la ventana, sin decir nada, los ojos entrecerrados y la mano crispada apoyada en el alféizar. La abuela entonces le traía un té o un café con cereales, y a veces la miraba y entreabría la boca, como si le fuera a decir algo. Pero si alguna vez lo hacía era para preguntarle qué quería de cenar, o contarle el último chisme que había oído en el mercado. Mi madre hacía algún pequeño comentario o sonreía levemente, pero pronto levantaba la barbilla, un gesto que yo conocía bien y que era como el interruptor que la volvía a poner en marcha, a ella y a la máquina de coser.
Cuando venía del colegio yo me sentaba en la mesa camilla a su lado, merendaba y hacía los deberes, y las dos pasábamos la tarde oyendo en la radio programas de canciones dedicadas por amantes padres y esposos para sus seres queridos en el día de su onomástica, o cumpleaños. Pero a las dos nos gustaba sobre todo Elena Francis,y cuando empezaba el programa mi madre parecía coser con menos ímpetu y yo dejaba las cuentas y redacciones y me limitaba a hacer caligrafía o pequeños dibujos para adornar mi libreta de limpio. La abuela, en cambio, lo odiaba, y dejaba la calceta o el ganchillo y se iba a la cocina, a veces refunfuñando, a hacer que preparaba la cena pero sobre todo a escapar de historias que le quemaban por dentro.
Nosotras la escuchábamos embelesadas, sin hacer comentarios, aunque mamá ponía las caras apropiadas para cada ocasión, de pena, de rabia, tristeza o compasión.
Un día, la historia que contaban se hizo tan familiar que incluso mi abuela vino de la cocina para oírla. Hablaba de un hombre que se había casado y tenido un hijo, pero al poco de nacer se había marchado con otra mujer.Nada demasiado original, lo sé, pero algo en la forma de contarlo hizo que la abuela y mamá se intercambiaran una larga y triste mirada, hasta que la abuela, siempre a punto de decir algo pero siempre sin hacerlo, se retiró a su terreno, mascullando el consabido "todos los hombres son iguales". Mamá se inclinó hacia mí, y sobre la maternalmente falsa voz de la Doctora Francis, me susurró: "tu padre no era así, él nos quería, ella lo engatusó y él no supo decir no". Mientras sus labios me decían esas palabras tan trilladas sus ojos hablaban del dolor de alguien que sabía que estaba diciéndose una mentira, una mentira que era como una nana para acunar la pena y la rabia de una mujer engañada´desde el primer momento, abandonada sin ninguna posiblidad de poder rehacer su vida, y, por encima de todo, decepcionada de sí misma por seguir enamorada de su canalla particular. Y cuando estaba a punto de llorar, movió otra vez la cabeza y se pusieron en marcha, ella y su máquina, su corazón.

Noche de Reyes

Eran ya las once cuando Belén por fin pudo cerrar la peluquería. Todavía se veía alguna gente en las tiendas, por la calle, acarreando bolsas presurosos, más agobiados que felices, haciendo cálculos mentales acerca de los regalos que faltaban, quién se le estaba olvidando y qué podrían comprarles. Belén no tenía ese problema, así que se dirigió a la parada del autobús y se sentó, al borde del desmayo. Le dolían los pies, la espalda, la cabeza le estallaba y las varices parecían a punto de reventar; tenía 50 años, toda una vida de trabajo y un cansancio y una soledad infinitas. Y esa noche, con la sien apoyada en la marquesina, sentía que no podía más.
Había seis o siete personas más esperando el autobús, y todos parecían sentir más o menos lo mismo que ella. Se preguntó por qué alguna gente venía al mundo, y miró instintivamente al cielo. Y de pronto vio una luz brillante, la más brillante que había visto nunca que efectuó una rápida y limpia parábola y se dirigió directamente hacia ella. Le alcanzó en el centro del pecho e hizo que cayera fulminada en la acera. Los otros pasajeros, horrorizados, tardaron unos segundos en reaccionar, y ella se quedó un instante ajena a todo, sólo sintiendo como el resplandor recorría su cuerpo y se incrustaba en todas y cada una de sus células. Se sintió bien, se sintió fantásticamente bien, y se levantó de un salto para asombro de las personas que la rodeaban.Sonrió alegremente a todos, les aseguró mil veces que no necesitaba un médico, y se subió al autobús llena de una fuerza que probablemente nunca llegó a tener.
Una vez en su casa, se miró al espejo y comprobó que su piel resplandecía como el oro.Sus marcas de cansancio y la mayoría de sus arrugas se habían borrado y se dio cuenta de que por primera vez en muchos años no sentía ningún tipo de dolor. Buscó la botella de vino que había guardado cuando todavía pensaba que el futuro traería motivos para celebrar y se sirvió una copa. La bebió a pequeños sorbos en el alféizar de la ventana, mirando con esperanza hacia el cielo, hasta que de pronto la volvió a ver: era ella, su estrella, la estrella de Belén, así que comprendió que, finalmente, le había llegado la hora de alcanzarla.

Con la que está cayendo

Una de vampiros

Una vez satisfecha su sed, me miró casi con vergüenza:
- Lo siento, ya sabes, es mi condición...
- Y ahora la mía-dije- ¿Era eso lo que querías para mí?
- No. O sí. No. Pero tú ya sabías que era yo cuando viniste a mí. Realmente ¿qué esperabas? ¿Redimirme?
- Quizás -tuve que admitir- Pero mi estupidez no te hace a ti inocente.
- Pues yo creo que sí, o al menos tan culpable como tú. Te creías superior a mí, y por eso pretendías cambiarme, moldearme a tu antojo. Pero resulta que fui yo quien te cambió a ti.
Me eché a llorar
- Me has matado.
- ¡No!- gritó con rabia- En realidad te he dado la vida. Ahora eres eterna. Y tú llevabas una vida sin sentido, y ahora ya tienes un objetivo.
- ¿Crees que pasar la eternidad matando personas para chuparles la sangre es un objetivo?
- No se trata de chupar sangre. No lo entiendes. Se trata de adentrarte en el fondo de alguien para quedarte con lo mejor, con su esencia.
- Se trata de robarle el alma a otra persona- dije con desprecio- Además de asesinos, somos vulgares ladrones.
- Y, después de todo, ¿no es eso el amor?
Me miré en el espejo. Mi imagen se iba disolviendo como si se adentrase en una espesa niebla. Quise llorar, pero ya no tenía lágrimas. Así que me dispuse a vivir una eternidad sin mi alma. Tal vez no hubiera tanta diferencia.

Otro dibujito

Momentitos culturales: una vez más...

...ópera, que ya tocaba. Así, además, honro la figura de Joan Sutherland, que nos ha dejado hace unos días. Aunque confieso que esta versión del Dueto de las Flores de Lakmé no es la que mejor me suena (ya conocen ustedes mi ignorancia en este -y en otros- temas), creo que es una forma muy hermosa de terminar el día de hoy. Espero que les guste.

Las dos muertes de Lazarus White

Lazarus White murió a las doce menos cinco en la mesa de operaciones cuando acababan de implantarle un marcapasos. El brillante, tozudo y muy pagado de sí mismo doctor Godhead logró devolverlo a la vida tras 40 minutos de maniobras de resucitación, que le dieron una contractura de la que tardó 2 semanas en recuperarse y un prestigio del que nunca se desprendió. Lazarus estuvo 2 semanas en la UCI y 1 semana más en planta y volvió a su casa sin ningún tipo aparente de secuelas.
Pero no estaba bien. Se quejaba constantemente de frío y de rigidez en los músculos. Se pasaba las horas dormitando en una silla, completamente inmóvil, la mirada fija en un punto lejano. Su familia, asustada, lo sacudía para comprobar que seguía vivo: él se movía apenas lo mínimo, murmuraba alguna palabra y volvía a su estado de semi catatonia. Pasaba el día del sillón a la cama, comía cuando le obligaban a hacerlo, no hacía ningún tipo de actividad, no hablaba con nadie y nunca sonreía. Cuando se acercaban a él los demás sentían una extaña desazón, un escalofrío como el que dicen se sienten ante los fantasmas, por lo que todos trataban de evitarle.
Después de una peregrinación por todos los médicos de la región, cuatro años después su desesperada familia localizó al Doctor Godhead, que se había trasladado a una ciudad más importante y ocupaba un puesto acorde a su valía y ambición. Se estaba covirtiendo en uno de los más reputados especialistas del corazón, y entre sus compañeros y pacientes era tan admirado por su competencia como odiado por su arrogancia. Y aunque Lazarus formaba parte de un pasado que tenía superado por completo, aceptó consultarle: al fin y al cabo, era su obra. Era su resucitado.
Lazarus entró en la consulta acompañado de su esposa e hijo. El doctor Godhead levantó la vista de la maraña de papeles y sonrió satisfecho al ver el buen aspecto externo que tenía. Parecía que iba a incorporarse y decir algo pero Lazarus salió de su letargo y en una fracción de segundo se puso detrás del doctor y, cogiendo un abrecartas, lo degolló con un corte certero y limpio. Sin apenas dar tiempo a pestañar a sus asombrados familiares, y sonriendo satisfecho dijo, al tiempo que se clavaba el abrecartas en el corazón:
- No debiste hacerme volver.

Tarea de verano

La música de las fieras

Todo comenzó cuando la estrella del orfeón, el tenor Augusto, se quedó afónico. Esta era una contrariedad, sobre todo en aquella semana en la que tenían que dar nada menos que cuatro conciertos en distintos lugares. Pero claro, tampoco era ninguna tragedia, así que con gran confianza en el poder del conjunto se echaron a la carretera. Iban cantando alegremente Asunción, Asunción, echa un vaso de vino al porrón cuando el autobús dio un bandazo y se salió de la carretera. Un poco pálidos pero ilesos salieron a la cuneta y comprobaron que se habían pinchado tres ruedas. A las 7 de la mañana, y muertos de frío, esperaron y esperaron por el autobús de repuesto que les viniera a rescatar. Tres horas después, con el ánimo ya no tan exultante, reemprendían el camino , y esta vez no hubo canciones, a pesar de los intentos del incombustible Urrutia que empezó todas las canciones de carretera que en el mundo son.
Llegaron sin más incidencias al hotel, a las cinco de la tarde. El restaurante ya estaba cerrado, y unos hambrientos y malhumurados cantantes se dedicaron a instalarse en las habitaciones, comer chocolatines y chucherías y a esperar pacientemente la hora de la actuación. A las ocho, vestidos con sus túnicas azul turquesa, salieron en comitiva hacia el autobús. El autobús no estaba, naturalmente, porque tenía que cubrir otros servicios. Y ahí se fueron andando por la ciudad un ejambre de coristas, bastante cabreados y con poco sentido de la orientación. El director decía que por la derecha. Manolo, uno de los bajos, insistía que por la izquierda, que él ya había estado dos veces y conocía el lugar como la palma de su mano. El resto esperaba el desenlace de la batalla, algunos agitando sus vestidos, y otros saqueando una pastelería que se vio invadida por los más famélicos. Al cabo de unos momentos de tensión, se decidió seguir al director, que para algo era el director. A la media hora, este reconoció a regañadientes que era imposible que en aquella ciudad hubiera tres estatuas iguales, y que habían estado dando vueltas a la manzana. El bajo Manolo disfrutó su momento de triunfo, y con un gesto arrastró a sus compañeros a la izquierda. El trayecto acabó en la bodega Los Toneles, que era donde terminaba la calle.
La soprano Ermitas sugirió tímidamente preguntar a algún viandante la dirección, y al barítono Pepe fue encargada tan desagradable labor. Ofuscado tal vez por el acento local, o por los tres vinos que se había tomado de un tirón en la bodega, el hombre retransmitió las instrucciones de tal manera que se volvió a formar una mini guerra civil entre los partidarios de subir por la avenida y los adeptos a bajar hacia el río. Como el ambiente ya era francamente hostil, los escasos caminantes en aquel gélido día tuvieron la oportunidad de ver a un grupo de brillantes túnicas alzando la voz y no para cantar bonitas melodías, precisamente. Ante el alboroto se presentó un municipal, que condujo el rebaño al teatro, que estaba a unos escasos cincuenta metros. El espíritu de grupo estaba completamente muerto: las contralto Luisa y Fernanda no se hablaban, porque Luisa había insinuado que Fernanda tenía una voz muy desagradable; los bajos habían hecho piña contra los barítonos, a los que acusaban de boicotearles constantemente en las escasas ocasiones que podían lucirse. Y el director gesticulaba y gritaba con su desagradable voz, que por algo era director y no el cantante principal, que era lo que siempre deseó ser.
La actuación fue, sin embargo, memorable, aunque no por su brillantez, sino porque en mitad de La Paloma, cuando cantaban trátala con cariño que es mi persona, Fernanda le estampó la partitura en la cara de Luisa. Tratando de interponerse entre Luisa y Fernanda, la soprano Ermitas recibió una bofetada en cada carrillo; Urrutia, agarró por los cuellos de las túnicas a las luchadoras para separlas, y lo único que logró fue rasgar su ropa y dejarlas en ropa interior. Los horrorizados miembros del coro, que en ningún momento de la trifulca dejaron de cantar, formaron una especie de melée para ocultar a las avergonzadas contraltos, que habían recuperado su profunda amistad y se abrazaban estrechamente, tal vez para darse calor. Pero este espíritu de equipo no impidió que los bajos y los barítonos siguieran con una soterrada guerra, dándose codazos y pataditas en las espinillas. Y así, cantando lo de ay chinita que sí, ay que dame tu amor mientras avanzaban con pasos laterales, salió el conjunto del escenario, entre los aplausos (y las carcajadas, todo hay que decirlo) de un público entregado por completo.
Regresaron al pueblo inmediatamente, sin decir ni palabra durante el viaje. Al día siguiente, a la hora del ensayo, todos iban decididos a dejar el coro, excepto el tenor Augusto, quien creyó que la razón del desánimo general fue que su ausencia se había notado en demasía. Pero se encontraron a la secretaria Amanda desbordada, con una mesa llena de post it con propuestas de contratos, incluso de una discográfica. El director, que además de un experto músico era un hombre práctico, comprendió que habían encontrado un filón.
Y fue así como el orfeón Harmonia pasó a incluir en sus actuaciones las coreografías de pelea con semidesnudos incluidos, que le han hecho tan famoso.

El final de la temporada

- Cariño, ya te he dicho que no podemos quedarnos. Es la última fiesta de la temporada, no podemos perdérnosla.
Mientras me decía eso, se miraba al espejo y se dirigía una sonrisa de plena aprobación.
Yo no quéría quedarme con la nanny: era seca y aburrida, nunca quería jugar conmigo. En cambio mamá era genial, jugaba al fútbol, a las canicas, al escondite, a cazar ranas para poner en los zapatos de las criadas... Además, jugaba siempre en serio, no me dejaba ganar como papá cuando jugábamos a las damas. Pero nunca estaba en casa, siempre tenía que ir a una comida, a una cena, a una fiesta, a una tómbola de beneficencia o cosas así. Y yo me aburría soberanamente. Alguna vez le dije que quería tener un hermano, y entonces ella abría mucho los ojos y miraba a mi padre,como asustada. Mi padre intentaba bromear, diciendo que mejor contataban a un payaso para animarme o que me mandaría a un internado militar, donde tendría miles de hermanitos para jugar. Las bromas de mi padre nunca me hacían gracia.
Yo me estaba poniendo un poco pesado para que se quedaran, lo reconozco, y mis padres se estaban cansando de mí.
- Cariño: vamos a ir a esa fiesta. Sabes que papá se pasa el día trabajando, y yo estoy agotada ocupándome de esta casa tan grande, así que nos merecemos un poco de diversión.
Quise decirle que teníamos 4 criadas, un chofer, un jardinero y la nanny, que no podía estar tan agotada así, pero me mordí la lengua, porque sabía que eso no le iba a gustar.
- Además, necesitamos un poco de alegría en nuestras vidas. La guerra trajo tantas tristezas...
- La guerra hace años que se acabó, mami. Yo no había nacido todavía cuando se acabó.
- Hijo mío- dijo mi padre, poniendo su voz profunda- las guerras nunca se terminan. Sólo se toman un descanso hasta el próximo combate.
Como esto lo dijo mientras se ponía brillantina en el pelo y hacía mohines en el espejo, sonó tan falso como la moneda que usaba en sus tontos trucos de magia.La verdad es que tampoco le salía muy bien lo de ser profundo.
Me esperaba una larga tarde con la pelma de la nanny, que se empeñaba en que pasara el tiempo leyendo o pintando, cualquier cosa que no implicara moverme y molestarla. Y de pronto se me ocurrió quien me podía salvar:
- ¿Y por qué no llamamos al tío Enrique para que venga y hacemos una fiesta aquí? El tío Enrique es muy divertido. A ti te gusta mucho, mami. Siempre lo dices.
En ese momento se debió de clavar el broche que se estaba poniendo, porque se estremeció, y yo me quedé esperando que saliera sangre por el lugar donde se había pinchado, pero no. Papé la miró con la misma cara que ponía cuando el mozo de la cuadra donde iba a montar le saludaba con un apretón de manos. Ý a mí me dijo, con la voz de un hombre de hielo (si los hombres de hielo hablaran):
- Vete de una buena vez a tu cuarto. Estoy harto de ti y de tus lloriqueos. No quiero volverte a oír en un buen rato.
Y yo me fui a mi cuarto, porque eso sí le salía bien a mi padre, dar órdenes.
Desde mi cuarto les oí hablar, al principio muy bajo, poco a poco casi llegando a los gritos. Me puse a leer El guerrero del antifaz, al principio sin hacerle demasiado caso, pero poco a poco me fui enfrascando de tal manera en la historia que no oí cerrarse la puerta, ni arrancar el coche. Poco después entró la nanny. Se paró frente a mí, y yo ya me preguntaba qué habría hecho mal, cuando hizo algo que me sorprendió, se agachó a mi lado y me cogió la mano.
- Tu padre acaba de marcharse.
- ¿ Y mamá?
- No, tu madre se quedó.
No lo podía creer: ¡al final mamá se quedaba! Me levanté para ir corriendo a su cuarto. Podríamos jugar a las canicas, porque para el fútbol ya era tarde.
Pero la nanny me detuvo.
- No, no vayas. Tu madre se encuentra mal.
- ¿Qué le pasa?
- Le duele un poco la cabeza. - Como la mujer todavía tenía su mano sobre la mía, pensé que a lo mejor me estaba mintiendo. Tal vez el pinchazo del broche había sido grave. A lo mejor se lo había clavado en el corazón y...
- ¿Se va a morir?
- ¿Qué? No, claro que no, cómo se te ocurre. Se pondrá bien. Pero, verás, me pidió que te dijera que a lo mejor tu padre tardaba en volver.
- ¿Por qué? -eso era muy extraño, si sólo se iba a una fiesta...
- Tiene mucho trabajo, cariño- eso era más extraño todavía, ella nunca me llamaba así, es más, era la única que me llamaba Juan Manuel y no Juanito, como todos.-Y tiene que hacer muchos viajes. A lo mejor hasta tiene que irse al extanjero.
Me preguntaba qué iba a hacer papá fuera de España, cuando siempre decía que los extranjeros era unos cerdos, porque no nos querían.
- ¿Pero cuándo se va? ¿Ya hizo la maleta?
- No lo sé, Juanito. Me parece que no...
- Entonces todavía tiene que venir a recogerla. Cuando venga quiero decirle que me traiga un coche como el que le regalaron a Luis.
- Bueno, si viene él se lo dirás. Pero a lo mejor ya le lleva la maleta Pedro- Pedro era nuestro chófer. Me lo imaginé haciéndole el la maleta a papá, eligiéndole los trajes y las corbatas. Pero pensé que seguramente mamá, cuando se pusiera mejor, se lo haría. Al fin y al cabo, ella sabía donde guardaba papá sus cosas.
- Vale, entonces lo que hay que hacer es darle una nota a Pedro, para que se la dé a papá cuando le lleve la maleta- retiré mi mano de la suya para pasar la hoja de la revista. El guerrero estaba a punto de matar a unos cuantos moros. Esto se estaba poniendo interesante.
La nanny se quedó un ratito mirándome, y me parece que suspiró cuando salía. Yo acabé la historieta, y me puse a dar vueltas por la habitación. Todo era un poco raro, porque hacía unas horas mis padres estaban a punto de ir a una fiesta a la que mi madre estaba loca por ír, y ahora resultaba que ella se quedaba en casa y mi padre se iba de viaje. No tenía sentido.
Me acerqué a su cuarto y ya iba a entrar para que ella me explicase, cuando oí que lloraba histéricamente. También oí la voz de la nanny que trataba de consolarla. Me pareció que si entraba a lo mejor me iba a echar la culpa a mí, por haberme puesto tan pesado y provocarle dolor de cabeza a ella y hacer marchar a mi padre al extranjero, nada menos. Así que me fui para la habitación, me acosté, y aunque no había cenado, me quedé dormido. Soñé que mi padre se subía al coche de juguete de Luis, y decía adiós a mi madre, mientras ella intentaba detenerlo sujetando el espejo retrovisor, que se rompió.
Al día siguiente mi madre desayunó conmigo. Tenía los ojos rojos, pero parecía más tranquila. No habló mucho, pero me dijo que no me preocupara, que Pedro ya le había llevado la nota en la que le pedía el cochecito. Unos meses más tarde, justo el día de mi cumpleaños, llegó un paquete a mi casa para mí. No era igual al de Luis, pero se le movía el volante y las puertas se podían abrir. Mi padre me mandó una carta diciendo que no podía venir, que estaba muy ocupado en Casablanca o algún sitio así.
Lo mejor fue que mi madre me regaló una bicicleta, y el tío Enrique una espada casi igual al la del Guerrero del Antifaz, aunque no cortaba. Vinieron muchos niños y me trajeron un montón de regalos. Fue un cumpleaños fantástico.

El mundo que yo no viva

Hoy he vuelto a oír esta canción, que hace años escuchaba al menos una vez por día. A los que no la conozcan, permítanme el placer de presentarles esta obra de arte con letra de Agustín García Calvo, y en las voces maravillosas de Mª Dolores Pradera y Amancio Prada:

Goteras

Se me han vuelto a abrir los grifos de mis ojos. Y lloro sin sentido ni medida, lloro, para mi desconcierto y vergüenza, en cualquier ocasión. Me seco con rabia las lágrimas, levanto orgullosamente mi mentón, y me pongo en marcha, otra vez. Y otra vez están ahí las malditas, empapando mi cara y mi ánimo. Y vuelta a empezar el proceso de secado-orgullo-marcha: es mi particular día de la marmota.
Definitivamente, tengo que ir al fontanero.

(Pongo las dos versiones porque, aunque la letra de la de Mónica Naranjo le va más al espíritu de lo que pretendo, Mina es Mina)


Milagros, Inc

- Buenos días- La mujer que estaba frente a mí era una mujer de "mediana edad", enérgica, corpulenta, con un aspecto pulcro y profesional- Después de una cuidada selección, se ha decidido que es usted merecedora de nuestros servicios.
-¿Perdón?
- Mi nombre es Gabriela Serafín -me extendió una tarjeta que centelleaba al moverse- Pertenezco a una Empresa de muy alto nivel, el más alto nivel,diría yo, y nos dedicamos a modificar aspectos concretos de la vida de las personas para que puedan reencauzarla y redefinirla. Pero, al contario de otras empresas de la competencia, no nos dedicamos simplemente a dar asesoramiento o pautas de conducta, sino que nos implicamos personalmente en su realización.
- ¿¿Perdón??
La mujer suspiró levemente y me explicó:
- Hago milagros.
- Milagros. Ah, qué bien. Bueno, pero creo que no necesito ninguno, ya hago yo bastantes cada día.
- Pues a mí me parece que necesita alguno. -miraba con ojo crítico mi aspecto descuidado y la ajada entrada de mi casa.
-No. Muchas gracias. Verá, es tarde y tengo muchas cosas que hacer.
- Estoy segura de que usted necesita un milagro.Seguramente más, pero sólo podemos realizar uno por persona. Política de la Empresa . Nuestros técnicos en selección son muy precisos, y la eligieron a usted de entre una lista casi interminable de potenciales receptores de nuestros servicios.
- No quiero nada, ya se lo he dicho.
- Quizás piense que el precio sería prohibitivo, pero no se preocupe por ese aspecto: nuestra Empresa lo único que pide a cambio es que usted le haga un poco de publicidad. O sea, que nos alabe ante sus vecinos y amigos, que cante nuestras virtudes... marketing viral. Por ejemplo ¿no querría perder peso?. Eso siempre es muy llamativo. Yo sí querría- dijo, mientras se miraba con aire triste- Pero no se nos está permitido interactuar con nosotros mismos. Ya sabe, normas de la Empresa.
La miré con ojos asesinos.
- Estoy a punto de dejar a mi esposo. No tengo dinero. No tengo trabajo. Me van a echar de mi casa por no pagar el alquiler. Mi perro se mea en las alfombras. Afortunadamente, no tengo hijos, porque si los tuviera seguramente me maltratarían. ¿Y cree usted que me preocupa estar gorda?
- ¿Lo ve? Usted necesita mis servicios. Piénselo por un momento: si pudiera pedir una sola cosa ¿qué sería?
Cerré los ojos, resignada, y medité por un momento. Bueno ¿por qué no?
- Bailar.
- ¿Cómo?
- Querría bailar. Como en Mira quién baila, pero bien. ´
- ¿Ese sería su deseo? ¿De entre todos los posibles? No creo que vaya a cambiar su vida en nada. En realidad, ni siquiera creo que se le pueda definir como un milagro.
- Usted no me ha visto bailar ¿verdad?
Le hice una demostración. La mujer me miró y asintió.
- Bueno, si ese es su deseo, así sea. Si es tan amable de firmarme la aceptación de contrato y la hoja de servicio, daríamos por finalizada nuestra intervención.
- Pero ¿ya está?
- Sí, claro.
- ¿Y cómo sé que está hecho? Porque no veo nada milagroso en mí.
- Ya le adevertí que no iba a cambiar nada. El traje de lentejuelas no va incluído. Recuerde, un solo milagro, la po...
- Política de le Empresa, lo recuerdo. Pero ¿cómo sé que no me ha estafado?
- Simplemente, baile- Dijo, encogiéndose de hombros mientras ordenaba sus papeles.
Y empecé a bailar. Al principio tímidamente, pero después de los primeros pasos mis pies tomaron vida propia. Hice piruetas de danza clásica. Bailé rock, break dancing, tango, minueto. Bailé el kasachock y los pajaritos. Bailando le firmé los papeles, bailando entré en casa. Bailando dejé a mi marido y me dediqué a ir a los clubs de jubilados y a bodas y banquetes, y conseguí ganarme la vida. Encontré un nuevo marido (en paz descanse), un bailarín compulsivo como yo, con el que recorrí el mundo ganando concursos de baile de salón. Mi vida a partir de entonces fue muy divertida, aunque debo reconocer que ahora, tras veinte años bailando sin parar, estoy un poco cansada, pero no lo puedo evitar: oigo un poco de música y se me van los pies. Alabada sea la Empresa.

Historias particulares, IV

"El hijo de mi prima enfermó de leucemia. Tenía apenas 9 años. Sus padres, su familia y amigos e incluso los médicos se conjuraron para evitar que se enterara de nada de lo que le pasaba. Porque era incurable. Nadie mencíonó nunca la enfermedad en su presencia, y trataron de que su vida fuese lo más normal posible, se mostraban alegres y vitales para que fuese feliz. Hacían excursiones, jugaban muchísimo e incluso fueron a Disneyland. Y al cabo de unos meses todo se acabó. Todo. Les quedó el pequeño consuelo de recordar su cara de la alegría durante ese proceso. Siempre estaba sonriendo.
Un tiempo después, cuando consiguieron armarse de valor, decidieron ordenar su habitación, guardar su ropa y demás. Y en el fondo del armario, escondida, encontraron un caja llena de artículos de periódicos y revistas referentes a la leucemia y a otras enfermedades infantiles. Nadie supo nunca de donde había sacado todo aquello."

Si yo tuviera el corazón...



...sería más o menos como este. Fisiólogos, patólogos, médicos, biólogos y demás expertos, por favor, absténganse de hacer comentarios y disecciones. Teniendo en cuenta que esas cosas me marean, he hecho lo que he podido.

"Soy el amo de mi destino. Soy el capitán de mi alma"

Pues creo que debería tratar de buscar otro capitán que me sustituya porque no parece que sepa pilotar mi barco muy bien, la verdad: ni siquiera sé dónde tengo que ir, mucho menos cómo hacerlo.
Pero por si me puede servir de inspiración, aquí les (me, en realidad) pongo el poema Invictus, de William Ernest Henley, según la traducción encontrada en Esto va de lentejas, donde también pueden encontrar el original el inglés.

Desde la noche que sobre mí se cierne,
negra como su insondable abismo,
agradezco a los dioses si existen,
por mi alma invicta.

Caído en las garras de la circunstancia,
nadie me vio llorar ni pestañear.
Bajo los golpes del destino,
mi cabeza ensangrentada sigue erguida.

Más allá de este lugar de lágrimas e ira
yacen los horrores de la sombra,
pero la amenaza de los años,
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.

No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigo la sentencia.
Soy el amo de mi destino;
soy el capitán de mi alma.

La vida, nada más

Una de las cosas que más me intriga de mí misma es ese afán por aferrarme a personas que han sido parte de mi vida y que, de pronto, deciden desaparecer. Y no es que pretenda que las cosas sigan como siempre, porque sé muy bien que todo tiene un final, y que en gran medida he dado pie a que así ocurra. Pero no me resigno a perder totalmente el contacto con quienes han soportado mis quejas y lamentos, me han escuchado con paciencia infinita, me han aconsejado y reñido en ocasiones, han secado mis lágrimas y reído mis risas. Y aunque lo sensato sería simplemente olvidar, me obstino en lo contrario, y de una forma que a veces se podría calificar de humillante sigo buscando asegurarme de que la vida les trata correctamente. Y aunque mi orgullo se resienta cuando intento comunicarme y me ignoran o incluso a veces parezca que me desprecian, encuentro más digno seguir intentando, cada tanto, arañar un minuto de su tiempo. Porque no quiero perderme la oportunidad de volver a ver,por un segundo tan sólo, ese corazón tan extraordinario con cuya visión me honraron una vez.

Detalhes

Historias particulares, III

"Mi madre me llamó, serían las seis y media o siete de la mañana. Me dijo: 'tu tía se está muriendo, ven cuanto antes'. En un momento, nos quedamos solas con mi tía mi madre y yo, pues los demás habían salido a intentar coger fuerzas para soportar su agonía. Mi tía miraba fijamente a mi madre con una expresión que jamás olvidaré, exhausta y asustada. Mi madre le acarició y le dijo: 'te queremos mucho ¿sabes? mucho. Tranquila'. En ese momento volvieron a entrar todos, sin que les hubiésemos llamado. Al ratito, la respiración fatigosa cesó. La besamos todos deshechos en lágrimas, pero sin gritos ni histerias. Entraron una enfermera y una médica, que certificaron la muerte. La doctora se marchó sin dirigirnos una palabra y la enfermera nos dijo, con voz dulce, que iba a necesitar la cartilla y otros datos. Creo por primera vez en esa mañana dije una frase completa, y le pedí que nos dejara un poco más de tiempo. Nos dijo que cuando estuviésemos listos, sin prisas. Estuvimos un rato admirando a esa mujer extraordinaria que nos había dejado, y poco a poco fuimos yéndonos, cada uno aferrado a su movil para avisar al resto de la familia."

Historias particulares, II

"Tenía 17 años cuando me fui a Brasil. Mi padre tuvo que pedir prestado para que yo pagase el billete. Hasta la maleta era prestada. Llegué a Río con la única referencia de un vecino de un pueblo cercano. Conseguí empleo como lavaplatos en un restaurante, pero apenas me llegaba para pagar el alojamiento y el transporte, aunque me daban la comida. Y conseguí otro empleo por las noches, y, en el peor de los casos, tenía resueltas las cenas. Pero había un problema: los restaurantes cerraban el mismo día. Así que conseguí otro trabajo, en el que no me pagaban pero podía comer allí. Mi obsesión era ahorrar dinero para que mi padre pudiese pagar la deuda. Creo que el día que lo conseguí fue el más feliz de mi vida."